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Naturaleza, bienestar y magia en el Parque Nacional de Garajonay

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Allí, las distintas especies de laurisilva observan desde la Era Terciaria cómo la vida evoluciona, alimentadas por el frescor de los vientos alisios y la denominada “lluvia horizontal” que humedece una cordillera montañosa en cuyo interior se forjan mil leyendas. En él pueden percibirse todas las tonalidades de verde y, sobre todo, el verde esperanza, ya que este templo de la naturaleza fue durante siglos fuente de alimento para los habitantes de la también conocida como “isla colombina” por el paso de Cristóbal Colón en su camino a América. Sus peculiaridades lo han convertido en un lugar único en el mundo, reconocido Patrimonio Mundial Natural de la UNESCO en 1986, Parque Nacional desde 1981 y Reserva de la Biosfera, que abarca la totalidad de la isla, desde 2012.

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La pasión por un bosque que considera como parte de su familia mueve a Ángel Fernández, director del Parque Nacional de Garajonay, cuando destaca que las especies de laurisilva que hay en La Gomera son “los restos afortunadísimos que nos quedan de un bosque que estuvo muy extendido en Europa hace muchísimos millones de años”. Gallego de nacimiento, lo tenía claro desde el principio. “Cuando terminé de estudiar sabía que quería ir allí donde hubiera laurisilva. Por ello —señala—, opté y conseguí la plaza en La Gomera”. Eso fue en 1986, y desde entonces nunca ha dejado la isla. De hecho, recorrer Garajonay es su trabajo y también su elección para los momentos de ocio. “Se conoce porque es bonito, sí, pero es difícil hacer comprender lo que realmente ocurre aquí —destaca—, porque hablamos de un lugar donde hay especies que existen desde antes de que el hombre caminara por el planeta Tierra, de la época anterior a que los continentes se separaran, y no sólo eso —agrega— sino que siguen creciendo y evolucionando”. Este hecho, que se comprueba científicamente cada día, es también —se reconoce en el brillo de los ojos del director del Parque al contarlo—el milagro que busca disfrutar todo amante de la naturaleza que lo visita. Contemplar la naturaleza devuelve el reflejo de la propia esencia porque, agrega Fernández, “lo bonito de este mundo y de este Parque son los contrastes y ver tantas cosas diferentes en un mismo sitio y en tan poco tiempo, porque se puede recorrer en cinco días —aclara—, es una oportunidad única para disfrutar de la biodiversidad natural y de uno mismo”.

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En el Parque Nacional de Garajonay, si se observa la naturaleza “y uno se abre a ella, se obtienen todas las respuestas”, subraya también la guía del Parque, Amparo Herrera. “El bosque de laurisilva es como una madre —continúa—, por eso es tan bueno para la salud, porque te abraza y te acepta como eres”. Este día acompaña a la Cruz Roja de La Gomera en su actividad de voluntariado ‘Moviéndonos por los Parques Nacionales’, para recorrer con ellos los senderos con sillas adaptadas. “De otra forma, nunca podrían disfrutar de este lugar, que también es suyo”, agrega mientras unos y otras se animan a subir a la silla joëlett, de una rueda, sobre la que consiguen adentrarse en el bosque con la colaboración de las dos personas que la empujan. Herrera, con quince años de experiencia como guía del Parque, se conoce todas las leyendas y sonríe si se le pregunta por su veracidad “porque eso es cuestión de cada uno y de lo que viva en él cuando se adentra”, apostilla.

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Mientras se sigue el sendero se escucha una leve brisa que trae los trinos de los pájaros o el zumbido de las abejas hasta que, unos pasos más allá, se pierde de vista el sendero y el caminante se convierte en explorador de las emociones que genera la naturaleza. Esta lleva el rumor de las brujas que se reúnen en las piedras de La Laguna Grande. También se respira la emoción de la historia de Gara y Jonay, los amantes aborígenes que terminaron por quitarse la vida juntos, porque su amor no era bien visto por los miembros de sus tribus, diferentes y enfrentadas. Él, Jonay, hijo del mencey de Adeje, procedía de Tenerife, conocida como Echeyde, la isla del fuego. Se cuenta que llegó nadando, algo que es fácil comprender cuando desde La Gomera se ve tan cerca el pico del Teide. Ella, Gara, princesa de Agulo, princesa del agua, vivía en La Gomera y parece que ya conocía su destino. Lo había visto reflejado en el manantial de Los Chorros de Epina, compuesto por siete caños. Hasta allí acudían los hombres y mujeres, y también hoy en día, para encontrar la respuesta de su destino o beber y tener suerte en el amor. “Bebe agua de la fuente impar si eres mujer, de la par si eres hombre”, reza un papel informativo en la entrada que cuenta la leyenda, “y de la de los hombres si quieres ser bruja”, concluye. Pero Gara y Jonay no tuvieron suerte. Se enamoraron a primera vista y, tras huir de sus parientes cuando quisieron separarlos, se suicidaron con una afilada vara de cedro, en lo alto de Garajonay.

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El también guía del Parque Nacional de Garajonay, Jacinto Leralta, interrumpe su explicación para pedir con cariño a un pequeño que pare de sacudir un tronco como colofón de su carrera entusiasta al llegar al sendero y “toparse de golpe con esta belleza”, lo justifica su padre. Por eso, al reanudar la charla, bromea al añadir que, señalando al niño, “la energía lo es todo en la naturaleza. ¿Qué crees que es eso?”, cuestiona sin dejar de avanzar por el sendero del Raso de la Bruma. “No es un laurel sino que, si lo miras con otros ojos, es un edificio que se autoabastece. En mi caso me gusta provocar a los grupos que vienen conmigo”, apunta sobre sus recorridos, “hacerles preguntas para que participen de lo que nos rodea con lo que creen que saben; porque en realidad, aunque vengas mil veces, jamás sabrás todas las respuestas. En este bosque, aunque aquí lo llamamos monte —aclara—, ningún día es igual a otro, ningún árbol, rama o curva del camino, nada es igual, y todo cambia según haga bruma o luzca el sol. Por eso este lugar es tan envolvente”. No en vano durante el recorrido avista y describe la exuberante belleza de cepas con 300 o 500 años y hasta 50 metros de diámetro en su tronco, con unos 90 metros de altura, siempre cubiertas del manto verde de la vida. De hecho, existen 20 especies arbóreas y 1.000 especies de fauna catalogadas en el Parque. “Están rodeadas por cepas pequeñas, sus hijos, que se alimentan de ellas. Por eso —aclara—, nunca mueren, sino que continúan en ellos”.

Sobre las leyendas del Parque, Leralta Piñán reconoce que él y los lugareños saben que hay una leyenda. “Todos hemos visto cosas en Garajonay cuando caminamos a solas”, revela. Mientras avanza por el sendero acaricia las especies que encuentra, conoce los detalles de su floración y dónde se encuentran los árboles más altos, cómo cambian de aspecto los barrancos con la bruma densa y dónde la espesura convierte el día en noche, llevándose la luz, “pero eso es bueno para la tierra —explica—, que se alimenta de la humedad de la sombra”.

A la sorpresa de descubrir que existe un lugar donde, cuanto más se avanza, más se cree en la existencia de gnomos y seres mágicos que lo habitan, a lo que se une la certeza de que los ecosistemas que allí conviven son reales y, lo más importante, sostenibles gracias a la protección del Parque. Este se ha mantenido sin actividad humana los últimos 25 años y, con ello, se ha logrado que retroceda el fayal-brezal y vuelva a reproducirse la laurisilva en zonas ocupadas por esta vegetación, también de altura, aunque posterior. Pero todas coexisten: los tiles, viñátigos, aceviños, laureles y enormes helechos, entre otras especies.

Con 3.984 hectáreas de monteverde canario, senderos, miradores, zonas recreativas y Centro de Visitantes e Interpretación, todo en el Parque Nacional de Garajonay recuerda que la humedad es la clave que permite crecer y abrazar la vida desde hace muchísimos millones de años. Por eso en estos montes se encuentra la respuesta a la inmortalidad. Porque cuando las brumas lo cubren todo al atardecer, a veces también al amanecer, el bosque cambia y crece, como cambian quienes lo recorren y, al salir, ya no son los mismos. Ya forman parte de las leyendas que se cuentan bajo la niebla.