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27 Mar 2017

La Palma es una isla para senderistas sin miedo a las pendientes. En poco más de 20 kilómetros de ancho caben casi 2.500 metros de alto, así que cuando no estamos subiendo… es porque estamos bajando. Aquí la horizontalidad es un bien preciado, confinado a localizaciones muy precisas. Y una de ellas es el apacible paseo marítimo que abraza la costa de San Andrés y Sauces, donde confluyen sin prisa el ron, la sal y los plátanos.

Palmera desde plaza de San Andrés, La Palma

Puesto que su pendiente es casi nula, la salida y la llegada son intercambiables. El extremo norte apela al goce despreocupado por sus piscinas naturales y su destilería, mientras que el sur gravita más hacia la historia que transmiten sus arquitecturas señoriales. Yo empecé por este último porque la crónica debía ser abstemia o no ser. Pero lanzado queda el guante para aquellos que prefieran desordenar y desordenarse.

Señal de senderos en San Andrés, La Palma

Cañaverales vs plátanos

San Andrés, que pone nombre a la primera mitad del municipio, es uno de los centros urbanos más antiguos de la isla. Sus calles empedradas vieron caminar a los primeros colonos establecidos tras la conquista, cuya fortuna estuvo ligada al cultivo de referencia durante el siglo XVI: la caña de azúcar.

Quinientos años después, la mayoría de aquellos cañaverales han sido reemplazados por plataneras. La competencia de ultramar fue arrinconando al azúcar isleño, hasta el punto de que los únicos cultivos de caña que han sobrevivido al paso del tiempo se destinan íntegramente a la producción de ron. El final de nuestra ruta lo marca, de hecho, la principal destilería de la isla.

Calle de San Andrés, La Palma

Antes de mutar en paseo marítimo, los empinados adoquines de la Calle de la Iglesia nos conducen hacia el mar. Vista, oído y olfato compiten por nuestra atención en direcciones opuestas. Por un lado, la llamada del océano. Por el otro, el crepitar del pescado fresco sobre la plancha, cabalgando sobre aromas de ajo y perejil. Con o sin almuerzo de por medio, su pintoresca plaza bien merece una parada. En mi caso fue un café saboreado con pausa y los ojos cerrados, dejándome adormecer por el murmullo de la fuente.

Plaza de San Andrés, La Palma

De camino al rompiente, sorteamos una magnífica colección de árboles ornamentales, que incluye palmeras, franchipanes y laureles de Indias. La calle se retuerce para acomodarse a la pendiente, mientras al otro lado del barranco emerge una torre cónica y blanca. Es la chimenea de un antiguo horno de cal, en el que se procesaban los cargamentos de caliche que llegaban a esta costa desde las islas orientales.

Vista horno de cal desde San Andrés, La Palma

A su vera distinguimos ya el sendero litoral que guiará nuestros pasos hasta el final de la ruta. Si Dorothy seguía el camino de baldosas amarillas, a nosotros nos toca desandar el rastro de las lajas grises durante más o menos un kilómetro. Perderse es imposible, en cualquier caso.

Basalto y charcas

El paseo marítimo dulcifica el perfil de una costa que, dejada a su antojo, sería demasiado áspera de transitar. Hacia el naciente, los bajíos de basalto juegan a romper las olas, alimentadas por la influencia directa del alisio. Sifones, cuevas y charcos intermareales son los restos de este combate desigual, del que podremos ser espectadores privilegiados en el pequeño puerto de La Cuevita.

Vista de Puerto Spíndola, La Palma

Hacia el interior de la isla nos acompaña un mar de plátanos, como una imagen especular del océano. Estas fincas forman el frente de avance de un ejército verde que se detiene poco después, en el límite con Barlovento. Son el testimonio mudo de un esfuerzo descomunal, acumulado sobre las espaldas de varias generaciones de agricultores. Hasta el siglo XX, la única vegetación de la zona era la que hoy podemos contemplar en los parterres: tarajales, pampillos, verodes y arreboles.

Charco Azul

Hay topónimos que no necesitan explicación. Dependiendo del sol y de la hora del día, se podría discutir si en las piscinas naturales del Charco Azul dominan los tonos aguamarinas, los esmeraldas o los turquesas. Pero nadie en su sano juicio discutiría su azulidad.

Charco Azul, La Palma

Son la mejor opción –y también la más segura, por el carácter caprichoso del Atlántico– para disfrutar de un baño en esta parte de la isla. En los días soleados hierven con una mezcla de locales y turistas, que luchan a brazo partido por el puñado de mesas del restaurante mientras el resto de la tropa familiar se deja mecer por las olas ya domesticadas.

Para el postre, o para la sobremesa, reservaremos nuestra última parada. Hablamos de Destilerías Aldea, cuyo producto estrella ya anunciábamos varios párrafos atrás. La empresa se reparte en dos edificios separados por la ensenada de Puerto Espíndola. El más antiguo, que también el más cercano a San Andrés, es visitable. Allí encontramos una pequeña tienda y la posibilidad de hacer un breve tour por el trapiche, cuya parada estrella es el alambique original de cobre. La veteranía del negocio queda certificada por el edificio supuestamente moderno, al otro lado de la rada, en cuya fachada puede leerse todavía “Sindicato de Cosecheros 1927”.

Puerto Espíndola, La Palma

Liberado ya de la obligación de testificar, allí solté por fin el cuaderno y la cámara. Y a la salud de los lectores sumergí el punto y final en los destellos ambarinos del ron miel.

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