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14 Mar 2016

La visita a Gran Canaria de una vieja amiga que nunca había estado en la isla, pero que había oído hablar muchísimo de ella, fue la excusa perfecta para visitar y redescubrir la magia de las Dunas de Maspalomas.

Hay varios aspectos que compartimos casi todos los canarios, y uno de ellos es el orgullo que sentimos por nuestras islas. Cada vez que estamos fuera de ellas y las nombramos, se nos cambia la cara y, cuando recibimos visita, nos encanta enseñarla, con esa satisfacción del “qué suerte vivir aquí”. No es solo cosa mía ni cosa de los canarios, supongo. Nos pasa a muchos, seamos de donde seamos ¿verdad?

Hace poco recibí la visita de mi grandísima amiga Rocío, que me había oído hablar de las maravillas de mi isla, Gran Canaria, infinitas veces. Hasta el punto de saberse de memoria canciones de fiestas populares canarias (al igual que yo me conozco algunos himnos murcianos por “su culpa”), de haber oído hablar de rincones de los que los turistas no suelen escuchar nunca y de sentir prácticamente que ya había estado aquí, sin haber pisado nunca la isla.

Teníamos muy poco tiempo para poder ver algo de Gran Canaria, porque su visita, con motivo de la boda de una amiga común, era muy, muy breve, pero yo sentía la presión de intentar conseguir que se llevara la mejor imagen posible de la isla de la que tanto había oído hablar (y alardear) en las pocas horas que teníamos para descubrirla. Después de fardar como había hecho mil veces de mi “continente en miniatura”, de la belleza de sus playas únicas, del contraste con las cumbres y la vegetación cambiante en medianías y en zonas con laurisilva, de mi ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, llena de vida y, en general, del buen ambiente que respira en las Islas Canarias, ahora no podía fallar a la hora de mostrársela finalmente.

El camino a las Dunas de Maspalomas

Cuando hago de anfitriona en Gran Canaria, en mis rutas no puede faltar algo de playa, algo de naturaleza y algo de la capital. Con la visita de mi amiga Rocío sabía que quería que “la pata” de playa fuera una visita a las Dunas de Maspalomas. Los que vivimos en destinos turísticos tan populares, muchas veces nos olvidamos de disfrutar de algunas de nuestras maravillas y yo hacía algunos años que no hacía una visita a las Dunas, seguramente desde la última vez que hice de anfitriona. Por motivos laborales suelo estar en el sur de la isla, pero nunca encuentro el momento de acercarme, así que, además de mostrárselas a ella, tenía ganas de volver a disfrutarlas yo misma.

Dunas de Maspalomas desde mirador

Llegamos en coche por la autopista desde Las Palmas de Gran Canaria, atravesando el bullicio de la zona, con sus hoteles, apartamentos, restaurantes y bares para todos los gustos desde que entramos en las calles de Playa del Inglés y Maspalomas. Nos cruzábamos con bañistas que volvían de su día de playa, encendidos del sol y cargados con toallas y sombrillas y con grupos de todas las nacionalidades, ya preparados para irse de cena, en horario europeo, claro, y para seguir luego bailando hasta las tantas en las discotecas de la zona. Vamos, pura energía de los turistas disfrutando de sus vacaciones.

Aparcamos sin problema cerca de un gran hotel y seguimos el camino andando. De repente, atravesamos un pequeño pasillo entre hibiscos de todos los colores y buganvillas fucsias y aparece la nada y el todo: las imponentes y mágicas Dunas de Maspalomas, con el azul del océano Atlántico al fondo. Creo que da igual cuántas veces las haya visitado, la paz que transmiten, un auténtico oasis de tranquilidad entre el bullicio de uno de los puntos turísticos más visitados de España, no deja de sorprenderme. Y mejor aún, al ver la reacción de mi amiga Rocío al acercarnos al Mirador de las Dunas, su cara de asombro y de relax instantáneo, supe que habíamos hecho bien en elegir esa visita.

La magia cautivadora de las Dunas

Nuestra idea inicial era una visita rápida y seguir la ruta, pero la magia de las Dunas de Maspalomas nos cautivó. Allí tuvimos que quedarnos un buen rato, apoyadas en la barandilla de madera del paseo del mirador, simplemente observando la nada y el todo que comentaba antes. Esa inmensidad de arena, millones de granos que forman un paisaje espectacular, que juegan con el contraste del azul del cielo y del mar, que se mueven con una estética que solo la naturaleza es capaz de crear cuando pasa una ráfaga de viento. Dos pequeñísimas nubecillas y las ocasionales sombras de las palmeras del paseo en el que estábamos redondeaban la imagen de la perfección.

Cuando salimos de nuestro ensimismamiento, por supuesto, tocaba sesión de fotos. Y a las Dunas que nos lanzamos, literalmente. El “hacer la croqueta” rodando dunas abajo decidimos dejarlo para su próxima visita, pero la sesión de fotos en esa inmensidad de arena dorada y azul, no la dejamos escapar. Y no solo fotos para ella, que era la que estaba de visita. A mí, que me encanta sentirme turista en mi tierra de vez en cuando, también me hacía ilusión tener un recuerdo de ese momento tan mágico, de ese redescubrir las Dunas de Maspalomas junto a mi querida amiga Rocío.

Dunas de Maspalomas

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