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28 Mar 2016

Cada viaje comprende una búsqueda. Conoces nuevas calles, nuevos platos, edificios, personas, nuevos modos de ordenar una ciudad, etc. En definitiva, nuevos -quizá no tanto- modos de vivir. Por eso, casi siempre, el protagonista suele ser el lugar que visitas. Sin embargo, hay determinados destinos que te hacen protagonista a ti. A mí me pasó en mi viaje a Isla de Lobos, en Fuerteventura, una de las Islas Canarias.

Cuando eso sucede, se genera un vínculo casi místico entre la persona y el lugar visitado. Quizá debería matizar. No solo en Isla de Lobos. El día perfecto empieza en Corralejo, en Fuerteventura. Desayunar a primerísima hora en su paseo marítimo ya te predispone, te inspira. Es casi inevitable creerte un pintor impresionista.

Tras el desayuno y el consiguiente paseo viendo cómo el sol acaba de imponerse en su pelea diaria con el horizonte, tomamos en el puerto, previo café y debate de actualidad en la Cofradía de Pescadores, un barco que nos lleva a Isla de Lobos.

Cómo ir a Isla de Lobos

Nuestro planteamiento no era el habitual. La mayor parte de los turistas suelen elegir los ferrys que trasladan grupos numerosos. Pasan el día entero allí, disfrutando de un riquísimo almuerzo en el único restaurante de Isla de Lobos. Y vuelven a media tarde.

Nuestro plan era otro. Nos subimos a un pequeño barco pesquero. Muy temprano, creo que no eran aún las 9:30 am. Habíamos concertado el viaje con antelación – la mejor información se encuentra en el mismo puerto– y lo cierto es que nuestros anfitriones fueron muy puntuales.

Recuerdo que a los pocos minutos de abandonar el puerto de Corralejo, ya tenía aquella sensación. Se confirmó pocos minutos después. Atracamos en el puertito de Isla de Lobos pasado poco más de un cuarto de hora.

El día estaba aliado con nosotros. Apenas dos o tres nubes mínimas decoraban con brochazos blancos una mañana presidida por un azul intacto. Volvía el pintor que nunca fui. En el pantalán apenas nos recibían dos o tres personas. Una voz poderosa y alegre, casi radiofónica, nos daba la bienvenida. “Es el alcalde de Lobos”, bromeaban a bordo.

barcas en la isla de Lobos

El mar de Isla de Lobos

En torno a las diez de aquella mañana, junto al puertito de Isla de Lobos, disfruté del baño en el mar más placentero de mi vida. “No hay azul como el de Lobos”, le dije a uno de mis compañeros.

Mientras disfrutábamos del baño advertí que, por mi izquierda, entre los roques que dan réplica al cristalino mar, aparecían tres niños. Entre risas, se subían y caían de tablas de paddle surf. Eran la viva manifestación de la tranquilidad, de la complicidad con el mar. Es increíble cómo el contexto en que vives predispone el carácter de una u otra forma.

Un rato después dejamos el puertito y caminamos hasta la Playa de la Concha. Como seguía siendo temprano, aún no habían comenzado a llegar los primeros ferrys que unen Corralejo y el islote con grupos más numerosos. Así que teníamos la playa casi para nosotros solos.

Disfrutada la esencia de Isla de Lobos, volvimos al barco. A medio camino entre Corralejo y Lobos, anclamos con el objetivo de pasar lo que restaba de mañana pescando. A través de las palabras de nuestros anfitriones –eran mucho más que guías– estábamos sumergiéndonos no solo en el Atlántico. También lo hacíamos en un modo de vida, el del pescador.

Mientras librábamos pequeños y desiguales duelos –a nuestro favor, todo hay que decirlo– contra bocinegros, samas o fulas, entre otros peces, algunos dejábamos ir nuestra mente. Durante minutos, bajo un mar lleno de trazos con formas y colores de pez. “Si Monet hubiera pasado una mañana aquí abajo”, pensaba.

Isla de Lobos

Comer pescado en Fuerteventura

Además, cuando volvías del viaje mental, nuestros anfitriones nos llevaban de nuevo, en esta ocasión con sus palabras, a historias de pescadores locales que salían de Corralejo para faenar en los caladeros de la Isla de Alborán y frente al Rif. Tan divertido como enriquecedor. Esa era la esencia de la experiencia. Vivir, salvando las distancias, una pequeña dosis del modo de vida y de la historia de Corralejo y Fuerteventura.

Así sobrepasamos el mediodía. No sin algún compañero mareado, en honor a la verdad, para ponerle algo de drama a la jornada. Cuando estuvimos bien provistos, volvimos a Corralejo. Aún en puerto tocaba seguir trabajando. Era hora de limpiar el pescado.

La pesca ha sido una actividad económica vital para las Islas Canarias. Pero también ha sido protagonista en la vida doméstica. En la subsistencia. Por eso, el último paso de nuestra experiencia no podía ser otro. Íbamos a almorzar aquello que nosotros mismos habíamos pescado.

Lo cierto es que no lo preparamos nosotros. Llevamos el pescado arreglado y listo para freír o guisar según el caso a un restaurante de Corralejo, con el que habíamos concertado la cita también previamente. Lo acompañamos de lo mejor de la casa, a modo de guarniciones, ensaladas y papas y, como no podía ser de otra manera, un buen vino blanco local.

Aquella sobremesa compartida por ocho personas era, puestos a seguir mi ensoñación, un auténtico Renoir. Probablemente “El almuerzo de los remeros”, habida cuenta de la alegría que desprendíamos. Acabamos aquel día siendo más amigos. Y conste que no lo escribo desde la euforia de quien acaba de disfrutar esta experiencia. Sucedió hace algún tiempo y aun así guardo casi cada detalle en mi cabeza. Como el buen pintor que nunca fui.

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