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19 Sep 2016

Hay lugares alrededor del mundo que son caprichosos, espirituales y mágicos. Da igual que seas un residente o un foráneo, hay sitios que te llevan a otra dimensión, como si estuvieras haciendo otro viaje dentro de tu aventura. Tu mente hace que viajes miles y miles de kilómetros, porque realmente ha sentido esa conexión, ese flechazo que a veces encontramos en nuestra vida y que las emociones le dicen a nuestro cerebro que deje de pensar, que lo que toca ahora es desconectar. Es momento de disfrutar de tu espacio de libertad.

Brinca, salta, corre, chilla, enamora, juega, ríe, disfruta, haz aquello que haces cuando eres libre, aquello que tan sólo haces en esos lugares en los que te sientes como en casa. No tengas pudor en hacer lo que te hace feliz, este rincón guarda miles de secretos, pero no te preocupes, la naturaleza no se los contará a nadie.

Playa de Almáciga, Tenerife

Parque Rural de Anaga

Este pequeño paraíso situado al norte de Tenerife es un espacio natural protegido y hace bien poco fue declarado Reserva de la Biosfera. Además, concentra el mayor número de endemismos de toda Europa. Es un lugar pintoresco, salvaje, único. El verde de sus impresionantes montañas contrasta con el negro volcánico de sus playas y el azul del Atlántico.

No sólo el lugar es especial, el camino que te lleva a conocerlo impresiona. Sus curvas, el tremendo silencio que rodea este paraje, hace que te sientas solo, incluso desconcierta pensar que te alejas del mar cuando lo que quieres es acercarte. No te preocupes, confía en la naturaleza que lo mejor está por venir.

Vista Parque Rural Anaga

Playas: Taganana, Almáciga y Benijo

Para muchos de los que desconocen estas playas, al googlearlo les parece algo más propio de una estampa del norte peninsular que de Canarias. Pero nada más lejos de la realidad. Sus gigantes montañas volcánicas se funden con el océano Atlántico, mires donde mires respirarás naturaleza. Es hora de tu momento, de tu descanso, es el regalo que tu mente te llevaba pidiendo desde hacía tiempo.

La playa de Taganana o Roque de las Bodegas es la primera que nos encontramos. La descubrirás tras una última curva y una larga recta. Tendrás dos formas de reaccionar: o sonríes porque sabías que habías acertado en tu elección, o te asombras porque no te imaginabas que fuera a ser tan impactante. Sea cual sea tu reacción, a buen seguro que será positiva. Que sea la más familiar de las tres no la hace común o corriente. Lo que la diferencia de las otras dos es que tiene mejor accesibilidad. El marco es incomparable, y si tus hijos están haciendo un castillo de arena en la orilla corre a hacerles una foto, pero no por el castillo, sino porque te parecerá justo enseñarles, cuando crezcan, a qué lugar les llevaste una vez. Esta playa cuenta con una serie de restaurantes donde poder hacer una parada para comerte una buena ensalada de frutas, un plato de camarones frescos, un pulpito y unas papas arrugadas con un poco de mojo acompañado de una buena cerveza fría. ¿Es mucho? Tranquilo, estás lo suficientemente lejos como para tener que dar explicaciones.

Taganana

La siguiente maravilla, apenas a cinco minutos de la primera, es la playa de Almáciga. Es más salvaje y juvenil. Parece que pide guerra. No se está quieta. Quizás por eso es por lo que es la más frecuentada por aquellos a los que les encanta jugar un rato con las olas y con el mar. Surferos y escuelas de surf suelen escoger esta playa por sus excelentes condiciones para la práctica de este deporte. Con marea baja se forma una gran orilla que invita a tumbarte, y a llenarte de arena mientras el mar del Atlántico te golpea suavemente. Que no te extrañe si tu cuerpo y mente aprovechan para darse una pequeña siesta. Pero no te preocupes, cuando te levantes tienes todo un océano para lavarte la cara.

Vista playa de Almáciga, Tenerife

Benijo, la más coqueta, caprichosa, salvaje y difícil de llegar. Cuesta aparcar. No esperes aparcamientos. No estás en una zona de playas acondicionadas para el disfrute, estás en un lugar natural. Si te adaptas, te lo pasarás en grande. Es la más compleja en cuanto a los accesos. Puedes ir con niños; de hecho si lo haces, algún día te lo agradecerán, pero deja el carrito en el coche para otra ocasión. Este lugar es una maravilla. En cuanto lo ves, los escalones de piedra que debes bajar hasta la playa hacen de escalera mecánica. Casi ni te enteras que los bajas porque no dejas de apreciar lo que tienes ante ti. El ansia que se crea por disfrutar es lo más parecido al que sientes cuando estás hambriento. Cuando sabemos que es un lugar único necesitamos aprovecharlo tanto que no sabemos ni qué hacer. Concentra todo lo salvaje y natural que pedimos. A muchas bibliotecas les gustaría tener el silencio que aquí se respira, cuenta con pequeñas piscinas naturales, y tiene una longitud suficiente como para justificarte y pasear como habitualmente lo haces en tu ciudad. Las comparaciones son odiosas, por lo que ni se te ocurra entrar en eso.

Playa de Benijo, Tenerife

Espacio de libertad

Estamos acostumbrados a ir a una playa y en cuanto vemos que el sol se marcha a descansar, nosotros hacemos lo mismo. ¡Ni se te ocurra! Disfruta del día, contempla cómo cambia la luz según la hora, y deléitate con los colores del mar, de la arena y de la montaña. Quédate al atardecer, es probablemente uno de los mejores que puedes encontrar en Tenerife, y cuando se marche el sol dile adiós, pero hola a las estrellas. El cielo hace resplandecer todo el Parque Rural de Anaga, una luz blanca que parece graduarse sola para no molestar. Utiliza la playa como pista de baile y saca a tu pareja a bailar. A veces el destino es justo, y entre tanto ritmo frenético de nuestro día a día encontramos un lugar como este, así que no tengas prisa por marcharte.

Cuando el avión despegue y mires por la ventanilla ese paraíso montañoso, de color verde intenso y situado en el punto más noreste de la isla, sonreirás, porque sabes que en ese recóndito lugar has encontrado tus sentimientos más primarios, más juveniles y más salvajes. Aquel en el que tus secretos siempre estarán a buen recaudo, aquel en el que volviste a encontrar tu espacio de libertad.

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