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12 Feb 2018

Puede que creas que soy un poco fantasiosa, pero hay un lugar que me permite dar la vuelta al mundo en solo unas horas. Hablo del histórico Jardín Botánico del Puerto de la Cruz. Allí, con solo cruzar ese pequeño kiosko de color rojo intenso me doy cuenta de la joya que tenemos en la isla de Tenerife.

Pasillo de acceso al Jardín Botánico del Puerto de la Cruz, Tenerife, Islas Canarias

Respiro hondo, me detengo a la entrada y me pregunto por dónde comenzará mi ruta esta vez: ¿México? ¿Nueva Zelanda? ¿Indonesia? ¿Australia? Recuerdo la última vez que estuve aquí. Desconocía que la variedad de posibilidades fuera tan amplia, pues solo había oído hablar de lo más llamativo (y también de lo más cercano).

Estanque en el Jardín Botánico del Puerto de la Cruz, Tenerife, Islas Canarias

Guardo los tickets como recuerdo del viaje que estoy a punto de comenzar y abro el mapa de ruta que me sirve de guía. El viaje parece que será más sencillo de lo que en un primer momento pudiera pensar, pues la ruta a seguir está claramente marcada. Así iré saltando de un país a otro sin perderme.

Entradas al Jardín Botánico del Puerto de la Cruz, Tenerife, Islas Canarias

El Jardín Botánico y mi viaje por el mundo

El lugar donde me encuentro, llamado Jardín de Aclimatación de La Orotava pero más conocido como Jardín Botánico de Puerto de la Cruz, resulta sobrecogedor. Un silencio de esos que ya no se disfrutan lo ocupa todo. Me ha bastado avanzar tan solo unos pasos para dejar de escuchar el ruido de la ciudad. De repente, me siento como en medio de una selva. Solo escucho el canto de algunos pájaros y, algo más lejos, intuyo el sonido del agua al caer.

Paso a paso me acerco a la caribeña Santo Domingo a través de un gran mamey (Mammea americana) de más de 200 años de antigüedad; aprovecho su sombra para sentarme en un banco de madera a digerir que este lugar tan cerca de mi casa tiene más de tres siglos de historia.

Jardín Botánico del Puerto de la Cruz, Tenerife, Islas Canarias

Miro a mi alrededor y encuentro numerosas especies de todo el planeta traídas a este coqueto jardín en Puerto de la Cruz. La idea original de este jardín era que, aprovechando las bondades climáticas de la zona, las especies foráneas se aclimataran antes de trasladarse a los nobles jardines de la península ibérica. Afortunadamente no se marcharon, aquí siguen para el disfrute de todos los locales y visitantes de la isla de Tenerife.

Además del clima también parece tener gran parte de culpa un señor, don Alonso de Nava y Grimón, VI Marqués de Villanueva del Prado cuya lucha convirtió este jardín en una realidad. Creó una pequeña casa para más de 3.000 especies de diferentes lugares del planeta, ¿no es impresionante?

Jardín Botánico del Puerto de la Cruz, Tenerife, Islas Canarias

Sigo mi viaje y encuentro un pedacito del Himalaya a mis pies, la higuera del Himalaya; continúo con un drago de Madagascar, un avellano y un castaño de Australia, un guayabo-fresa de Brasil… Comienzo a sentirme casi abrumada, pues parece que me va a faltar tiempo. No quiero viajar tan rápido. Miro a mi alrededor y sonrío. A tan solo unos metros observo la que sin duda debe ser una de las joyas de la corona de este intenso viaje comenzado hace algo más de una hora.

A modo de grandes columnas, unas larguísimas raíces aéreas aparecen frente a mí y, de forma infinita, parecen elevarse hacia el cielo. No consigo adivinar su altura, pero no me cuesta imaginarme a Tarzán divirtiéndose en su interior y gritando sin cesar. Ante mí la enorme higuera de Lord Howe (Ficus macrophylla).

Ficus, Jardín Botánico del Puerto de la Cruz, Tenerife, Islas Canarias

Aunque las comparaciones son odiosas, creo que encontrarme frente a este ficus durante este viaje es similar a visitar alguna de las maravillas del mundo más conocidas… Como decía al principio, aquí me vuelvo demasiado soñadora.

Atravesando un pequeño pasillo flanqueado por diversas especies de México, Marruecos, China y Nueva Guinea, alcanzo un estanque de agua repleto de coloridos nenúfares. Allí vuelvo a tomar asiento durante unos minutos a continuar contemplando lo que ocurre a mi alrededor. La vida sin prisas se disfruta más y me permite prestar atención a los pequeños detalles. Esas flores que caen o ese pájaro que revolotea cerca de mí en busca de algo de comida son vida.

Fachada del Jardín Botánico del Puerto de la Cruz, Tenerife, Islas Canarias

Tras el largo viaje de casi dos horas de duración decido regresar a la realidad, pues me doy por satisfecha. Comienzo a deshacer el camino andado perdiéndome entre otros países. El viaje está finalizando, me acerco a casa y lo hago observando un enorme pino canario (Pinus canariensis) y una rechoncha palmera canaria (Phoenix canariensis). ¡Volveré!, pues aún me queda mucho mundo por descubrir.

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