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06 Feb 2017

Dejar un horizonte brumoso a la espalda para encontrar otro soleado al frente, cambiar de clima y paisaje en los escasos metros que recorre un túnel, son algunos de los regalos que ofrece el paseo por una isla como el que disfruto al atravesar La Palma, de Santa Cruz a Garafía, rumbo a los dragos de Las Tricias.

Trepo a la cumbre curva a curva, adentrándome en la bruma, en el espesor del verde acolchado que lo cubre todo. En un plisplás paso a un poniente soleado, deslizándome hacia la orilla para bordear los límites de la Caldera de Taburiente, rumbo al norte. Cruzo las fronteras de Garafía y me desvío a Las Tricias, un pequeño núcleo de población que, en torno a una plaza, agrupa una iglesia, un centro de información, algunos locales de restauración y un puñado de casas dispersas.

Vistas del pueblo de Las Tricias

En la oficina turística confirman mis sospechas: estoy en el noroeste de La Palma un día raro. Tanto verde necesita lluvia.

Mercadillo de sábado

También me cuentan que por ser sábado voy a tropezarme con más caminantes que el resto de la semana, aunque este día tiene su lado bueno, pues si acabo con ganas puedo acercarme al mercadillo de Puntagorda, que solo abre los sábados por la tarde.

En el mismo local me llama la atención un monigote con varias caras. Me explican que es el Judas, la representación de un personaje poco querido en el pueblo que queman cada año por las fiestas del Carmen. El de esta ocasión lleva las caras de los últimos alcaldes. Algo habrán hecho. O no.

Antes de seguir rumbo a los dragos descubro por casualidad, como se descubren las mejores cosas, un exquisito café de arábica cien por cien que sirven en el bar BB otra al sorprendente precio de sesenta céntimos. Recorro en coche las cuatro curvas que separan el casco del viejo molino de gofio, hoy convertido en museo del alimento ancestral, y aparco en los alrededores. Comienza el paseo…

Empezando el paseo por Buracas

El gofio, salvador de hambrunas

El gofio es una harina, normalmente de millo o trigo, o de ambos, que llenó los estómagos canarios en los años de hambrunas, que no han sido pocos por estas islas. Un alimento prehispánico que sigue formando parte de los menús de casas y restaurantes del archipiélago.  Mezclado con los caldos del pescado o de los potajes, con carne y cebolla, o endulzado con miel y frutos secos… Mil maneras de tomar el alimento aborigen.

Molino de Las Tricias

El molino de Las Tricias es de viento, a diferencia de otros que mueven la piedra que muele el grano tostado con la caída de agua. Fue construido por el carpintero Antonio Acosta a finales del siglo XIX, que acabó explotándolo hasta finales de los años 30 del siglo pasado. El museo ilustra la historia del alimento y la ingeniería que lo hace posible.

Drago, endemismo de las Islas Canarias

El drago (Dracaena draco) es un árbol endémico de Canarias. La peculiaridad de esta zona, un dragonal, es la alta concentración de ejemplares asilvestrados que, a diferencia de los ornamentales, se ramifican prácticamente desde su base y toman las formas caprichosas que les da el viento que corre por los barrancos de Buracas.

Caminando entre dragos

Buracas fue el primer asentamiento hippy de La Palma, que ha derivado en una notable cantidad de viviendas que cubren las laderas. Aunque intenten mimetizarse con el paisaje, saltan a la vista.

El camino está salpicado de puestos de autoservicio. Algunos ofrecen frutas, otros pulseras, carteras o libros. Todos con su precio detallado para que cada cual se despache por su cuenta y deje el dinero que corresponda en un bote. Tentador.

Puesto de libros en Buracas

Es un camino circular que desciende pero, cuidado, luego hay que subir. Sin prisas, se hace en menos de tres horas.

Potaje de millo en Garafía

De regreso al coche, aprieta el hambre. Once kilómetros más al norte, en Santo Domingo, núcleo central de Garafía, y saboreo un potaje de millo en la Taberna de Santy. Tras la sobremesa, visita al mercado de Puntagorda, que es sábado. Pero eso se los cuento otro día.

Saboreando un potaje de millo en Garafía

Además de postales, olores y sabores, me llevo a casa una reflexión. Me voy con la contradicción entre el derecho de estas personas a instalarse en un lugar paradisíaco, más allá de sus títulos de propiedad o no, y el derecho de la mayoría a disfrutar de un paisaje virgen, sin antropizar, por mucho que estos pobladores cubran sus casas con piedras y planten en los techos endemismos de la zona. Otra pregunta sin resolver. Ahí se las dejo.

Casitas en Buracas

 

 

 

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